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Qué pasó con Cartagena después de aquella Acta de Independencia hace 208 años

Cartagena Conmemora 208 años de independencia

Cada palabra escrita aquel día de noviembre  no se hizo en tinta, sino en sangre apelmazada y mezclada de toda la tribu.
Si esa legión de cartageneros no sacrifica sus vidas en el sueño de la libertad, la existencia de la ciudad sería solo el designio de la colonia, el mapa dibujado en el viento donde ninguno de nosotros tendría un punto cardinal para encarnar la esperanza.
Simplemente sería un mapa erigido entre las piedras y en la arena del mar, a merced de la codicia de los navegantes y los buscadores de oro. Seríamos una nave sumergida en el mar del olvido.
Fuimos colonia española durante trescientos años, los españoles nunca permitieron que un cartagenero o colombiano gobernara. Los españoles nunca se fueron, a pesar del Acta de Independencia de 1811 o la tentativa sangrienta de reconquista en 1815. Los que se fueron quedaron navegando en la sangre de las estirpes condenadas a cien años de soledad.
Todo aquel que aprendió a soñar en Cartagena después de la Independencia lo hizo desde la cruda y despiadada lección de la muerte, desafiando la vida con todas sus amenazas.
 Muchos pensadores  de aquel día que transformó la existencia de los cartageneros, como Ramiro De la Espriella, creían que la Independencia de Cartagena era la primera y fragmentaria independencia que abrazaba nuestros cuerpos, pero aún no completaba nuestro espíritu en su plenitud. Y  él, como tantos cartageneros, soñaba con una segunda y definitiva independencia. Una independencia que abarcara lo social, económico, político, ambiental y cultural. 
Aún veinte años después de ese Acta de Independencia, la ciudad era como un Ave Fénix renaciendo de sus cenizas, aleteando en medio de sus propios despojos.
 La ruina física de la ciudad también se parecía a la ruina interior. Despojados de todo, hasta de la esperanza de vivir, los cartageneros vieron en el amanecer del 6 de diciembre de 1815 una ciudad donde se podrían los cadáveres de sus padres, hijos, hermanos, vecinos... 
La ciudad era un camposanto a la intemperie.  La esperanza se labró piedra a piedra, con los huesos dispersos de los muertos. Y abrió un sendero perdido que había borrado el aliento del mar, y en medio de la oscuridad del apocalipsis de diciembre de 1815, la intuición de los alfareros forjó cántaros de sed en los labios del viento.
Desde aquel día, la ciudad empezó a verse en sus propias diferencias. A reencontrarse con Pedro Romero, excluido del Acta de Independencia, a festejarse por su herencia indígena y africana y por su mestizaje múltiple entre Europa, África y América. A verse como una riqueza en la diversidad antes ignorada y despreciada. 

 

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