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El Real Madrid coge aire en Europa
Wednesday, 28 Nov 2018 00:00 am
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La revolución de Solari, con poderes para la guillotina, se llevó por delante a Isco. Eso nos dice algo: entre la curva y la línea recta, Solari ha elegido. Llorente, que solo había jugado unos minutillos, tuvo que asumir el papel principal de Casemiro. En líneas generales lo hizo bien, pensando mucho en recuperar el sitio y ayudar a los laterales. Pareció físicamente superior a los demás.

La otra novedad era relativa. Lucas Vázquez se ha convertido en la muleta favorita del Madrid en momentos así. Devuelve dos cosas necesarias: simetría y un mínimo de revoluciones.

Cuando Solari toma una decisión sobre el once inicial, la cosa mejora, se equilibra. Si toma dos, mejora más. Si toma tres (lo vino a confesar él en rueda de prensa) revive, se revitaliza.

El partido empezó rápido, con muchos espacios e ir y venir. Nadie mandaba, el Madrid desde luego no imponía una impronta al juego. Todo se ha reducido ahora a la cuestión de los «cojones», argumento que toma la grada habitualmente, también parte de la prensa y que, de una manera extraña, han asumido Solari o Carvajal. El «ponerle huevos». Bien, hasta donde eso se puede afirmar, parece que se pusieron. Pero en habiendo huevos, ¿qué decimos de la salida de la pelota, del control del juego o de la actitud en el ataque?

El Madrid tuvo muchos problemas para sacar la pelota. Tampoco controló el juego. Del 18 al 26, por ejemplo, hubo llegadas de Under, Schick y Kluivert. El partido estaba demasiado vivo.

Y cuando el Madrid superaba la media, no sin dificultades, su ataque era de fogueo. Bale no conectaba con sus compañeros y las subidas de Modric o Kroos se apoyaban en la versión más extremadamente asistencial de Benzema. Era un fútbol de apoyos sin ariete, sin remate, sin la vertical rompedora. Se veía otra vez, y es la constante de la temporada, que el Madrid es un equipo viudo. Viudo de Cristano, que ha dejado el hueco de sus goles y sobre todo de su espíritu y su presencia en el ataque. La delantera no se llena y el Madrid parece atacar con menos.

A esa viudedad se le suma la de Isco o Asensio, es decir, el elemento de juego español, técnico y tocón que ha venido estando y en Roma no estaba. Había una carencia en el ataque que no se podía explicar. Bale comparecía, pero no terminaba de conectar con los demás, o los demás con él. Bale casi siempre parece jugar en otro idioma, como necesitado de un euroconector.

Faltaba quizás la aportación de Marcelo. Los laterales estaba prudentes, aun con la ayuda incalculable de Llorente, porque el mayor argumento de la Roma eran los balones rápidos por las bandas. Con la entrada de Kluivert, las bajas en la media y la ausencia de Dzeko, el ataque romanista era prácticamente sub21. Aun así, y basándose sobre todo en la velocidad, asediaron al Madrid a la altura de la media hora en tres golpes: córner peligroso, chut de Shick de cerca y de Kolarov de lejos. Los centrales del Madrid transmitían poca seguridad y la defensa era más bien agonista, panza arriba.

El Madrid salió del agobio subiendo el juego, tocando más, aunque eso solo de tradujo en tiros blandos al borde del área. Sus jugadores son auxiliares, de apoyo. Eran todos ayudantes del Gran Ego y ahora han de asumir la iniciativa. Benzema tocaba a la espera de unos medios que llegaban sin gol.

Ese mejor juego del Madrid al final de la primera parte no evitó una última respuesta de la Roma: un pase de Zaniolo (mal Varane) dejó solo bajo palos a Under, que falló atrozmente. Era el poste de Solari de todos los partidos adoptando otra forma.

La buena fortuna prosiguió a la vuelta del descanso. Bale sí aprovechó el regalo de Olsen e hizo el 0-1. Estaba en el área, de delantero puro y definió bien. ¿No es donde debería estar? Bale parece el nueve más claro del Madrid actual.

El Madrid pudo correr. Se le abrió el campo. Sufrió poco y encontró enormes espacios en el ataque, y en esos espacios los jugadores encontraron oxígeno. El 0-2 llegó tras una contra con combinación, de nuevo en el área, de Bale y Benzema para Lucas Vázquez. El juego de Benzema es servir, igual a Cristiano que a Lucas.

Las paradas de Olsen evitaban el tercero y los medios del Madrid podían subir al ataque porque Llorente, muy fresco, guardaba «la vez» a todos.

En esos minutos hubo algo casi primaveral. Modric parecía otra vez el Modric de Croacia. También se vio al Bale más potente, emparejado por fin con Benzema, como si el equipo quisiera acercarse definitivamente al patrón oro del 4-4-2.

El Madrid tuvo frente a sí una Roma bajo mínimos, pero incluso así volvió a dejar esa impresión de excesiva ternura en defensa. Los balones rondan por su área con una intriga exagerada y súbita, como si de repente el fútbol se le convirtiera en una película de serie Z y sonaran terroríficos violines de Psicosis.

Pero el partido se aquietó. Asumió su condición de trámite resuelto. La Roma aceptó su destino y en el Madrid entraron Mariano y Valverde para dar más juventud e ilusión a la foto final de la cicatrización. En Europa encuentra el Madrid la mejor cara de si, con lo que eso tiene de esperanza y a la vez de constante autoengaño. Ya está en octavos, como en los últimos veinte años.