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Trump se inclina por retirar a EE UU del acuerdo de cambio climático

La balanza está a punto de inclinarse. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está decidido, según fuentes oficiales, a retirar a su país del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. La medida, que no ha sido confirmada por la Casa Blanca y aún puede ser modificada, implicaría mucho más que la ruptura de un pacto o la disolución del legado de Barack Obama; la salida representaría un triunfo del aislacionismo y el avance del ala más radical de la Casa Blanca.

La decisión última está en manos de Trump. Sus altos cargos señalan que la retirada ya está lista, pero la imprevisibilidad del presidente y su innata capacidad para los giros inesperados dejan abierta la puerta a una sorpresa de última hora. El propio mandatario pareció jugar al suspense cuando en un tuit indicó que su conclusión se conocería “en los próximos días”.

El rechazo es la opción natural. Durante años Trump se ha mostrado renuente a aceptar el acuerdo del cambio climático. No sólo ha cuestionado que se deba a la mano del hombre, sino que considera que se trata de un pacto contrario a los intereses estadounidenses y que da ventaja competitiva a China e India. Si finalmente opta por abandonarlo, como apuntan los medios estadounidenses, la señal que enviaría es inequívoca. Estados Unidos habría consumado su giro aislacionista y dejaría en el aire el destino de otros pactos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un texto que ahora mismo, tras un rechazo inicial, está siendo negociado con México y Canadá bajo la espada de Damocles de su denuncia por la Administración Trump.

El impacto de una eventual retirada tardará meses o años en establecerse. Pero en la distancia corta Trump buscaría beneficiar a esos sectores deprimidos que le dieron el voto y que se quedaron rezagados en la industria del carbón. En la narrativa presidencial, su presunta mejora corresponde al llamado “interés nacional” y está por encima de sus devastadores efectos ecológicos y sociales. E incluso pesa más que los planes estratégicos de grandes energéticas, como Exxon, que en los últimos años han hecho enormes inversiones para alcanzar registros más limpios.

El Acuerdo de París es básicamente político. No contiene sanciones ni medidas coercitivas. Responde a una expresión de voluntad de 195 naciones. Su objetivo es evitar que a finales de siglo la temperatura mundial supere en dos grados el nivel preindustrial (ahora mismo ya ha aumentado 1,1º). Para lograrlo propone limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

Estados Unidos se sumó con Obama y ofreció recortar de las emisiones entre un 26% y 28% para 2025 respecto a los niveles de 2005. Con este fin se desplegó una ingente batería de medidas legales que Trump se ha apresurado a bloquear. El republicano ha dado vía libre a la industria del carbón y ha retirado restricciones a sectores altamente contaminantes. Los cálculos señalan que este giro limitará la bajada de emisiones del 26% previsto al 14%.

La eventual ruptura del Acuerdo de París enviaría un mensaje devastador al mundo. Estados Unidos abandona a sus socios más firmes, los europeos, y deja a China, el mayor emisor mundial, a la cabeza del pacto. De un golpe, sin apenas digestión, una iniciativa formidable y lograda tras décadas de esfuerzo perdería a la economía más potente del mundo. Y la ciencia vería cómo, ante uno de los desafíos más inquietantes de la humanidad, su principal instrumento de actuación se diluye por las tribulaciones aislacionistas de un constructor de Nueva York.

Tomado Por El Pais.com