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Cuando las mascotas se mueren

Si las mascotas hacen parte de la familia, ¿cómo no sentir dolor cuando mueren?

“Cuando mi gata Caty murió, sentí que me habían arrancado el corazón. Quería llorar todo el tiempo, no tenía ganas de comer, y cuando llegaba a mi apartamento el vacío era inmenso. Caty estuvo conmigo cerca de 12 años y se convirtió en mi familia. Me consolaba y siempre fue incondicional”, cuenta Adriana, de 27 años. “Lo más difícil fue hablar de eso con otros, pues reducían todo a ‘bueno, pero era sólo un animal’”, agrega. Adriana se demoró en superar la pérdida de su gata cerca de seis meses, pero hay casos en que el duelo puede extenderse más.

“A Tomás le diagnosticaron cáncer y poco a poco se fue debilitando. Sus últimos días eran tan difíciles que el veterinario nos dijo que lo mejor era la eutanasia, para acabar con su sufrimiento. Yo decidí que era lo mejor. Le alegré sus últimos días haciendo sus planes favoritos, pero ya no disfrutaba nada… así que se la aplicamos. Aunque sé que fue lo mejor, al duelo se sumó la culpa. Tomás estuvo conmigo desde que yo era un niño y su partida dolorosa fue muy difícil de superar”, relata Nelson, de 34 años. Su duelo fue más largo que el de Adriana y necesitó la ayuda de un psicólogo para evitar un cuadro de depresión.

El impacto por la muerte de una mascota depende de cada persona. Según los psicólogos, los niños y los ancianos son los más vulnerables. Los primeros, porque no tienen claro el concepto del duelo y les resulta complicado entender la pérdida. Para los más viejos, porque muchas veces el animal era su única compañía. Por eso muchos adultos mayores pueden caer en depresión y enfermar.

En 1998, cuando la interacción con las mascotas no estaba en los niveles en los que se encuentra ahora, Sandra B. Barker, directora del Center for Human-Animal Interaction, de la Escuela de Medicina de Virginia, realizó un estudio en el que se mostraba cómo algunas personas percibían la relación con su mascota de manera más cercana que el vínculo con sus parientes. Por eso los duelos eran parecidos a cuando un amigo o un familiar de segundo grado fallecía. Ahora esa relación ha escalado a otro nivel. El animal de compañía es, en ocasiones, tan importante como un hijo.

En un estudio realizado en Gran Bretaña sobre el fallecimiento de una mascota se encontró que más del 90 % de los dueños experimentaron problemas en sus hábitos de sueño o su alimentación y síntomas de depresión clínica. Más de la mitad se aislaron y evitaron tener actividades sociales. El documento señala que casi el 50 % encontró dificultades relacionadas con el trabajo y perdió entre uno y tres días laborales como resultado de la apatía o del bajo nivel de energía.

Algunos psicólogos han encontrado que las parejas son más propensas a separarse después de la muerte del animal de compañía. Más si es un gato. La investigación encontró que quienes pierden un felino pueden tener una pena más profunda que los que son dueños de perros. Al parecer, la pena que provoca la partida de los gatos es más difícil de superar.

Según un estudio de la Revista Canadiense de Veterinaria, el 50 % de las personas que perdieron a su mascota opinaban que la sociedad no valoraba que ese fallecimiento fuera digno de poder vivir un proceso de duelo. “No todo el mundo tiene animal de compañía y eso dificulta que las personas sientan empatía respecto a esos casos, y también porque se infravalora el vínculo emocional que puede tener la persona con el animal”, añade Sánchez.

Una reacción común es adoptar otro animal poco tiempo después de la pérdida. Sin embargo, introducir un nuevo miembro animal en la familia sólo suele ser aconsejable una vez se haya superado el duelo. No lo haga antes. Viva su duelo, llore si es necesario y explíqueles a sus hijos el tema de la manera más sencilla posible.

Tomado de El Epectador
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